Ayer hice algo que hace mucho tiempo quería hacer: Andar en bicicleta y llegar a Schoenstatt. Me dí el ánimo necesario para salir de casa y cruzar la ciudad sabiendo que hace muchisimo tiempo que no me subía a la bicicleta por lo que esto quizás sería algo más cansador.
La verdad es que no me costó nada llegar. Iba contemplando el paisaje, pisando las hojas caídas, sintiendo el sol en mi espalda y el viento que apenas me molestaba.
Me sonreía sola de mirar tanta belleza...ver los árboles de distintos colores, el cielo azul, el cantar de los pájaros y de mí misma, por darme este gusto tan sencillo pero tan inmenso al mismo tiempo.
Cuando llegué a mi meta, subí la loma y me senté a mirar ese paisaje que hace tanto tiempo no lo veía. Es uno de los pocos lugares (o quizás el único) en el que me siento infinitamente libre, en que puedo estar en silencio y puedo pensar, reir y...llorar todo lo que me dé la gana sin que tenga que darle explicaciones a nadie. Es lo que hice ayer. Fue una catarsis. Fue recordar cosas buenas y pedir respuestas por las cosas malas que me han pasado y sin querer de a poco llegaron. Empecé a sentir la mente y el corazón más liviano. Comencé a sentirme más tranquila conmigo. Cuando sentí que había llorado todo lo que había que llorar y rogar porque todo lo que pase de ahora en adelante sea de verdad mucho mejor me decidí a volver a casa.
El camino de regreso fue más feliz, más disfrutado, sintiendo con mayor intensidad que la dosis libertad que me hace falta es aquella que me va a hacer feliz y es por la que con mayor perseverancia debo luchar.
Llegué a mi casa sin cansancio ni dolor, sólo con la sensación de un sueño cumplido y la mochila de mi vida con un peso menos.
Creo que encontré el lugar y el medio para recuperarme de las penas y volverme a poner de pie para recomenzar.
domingo, abril 29, 2007
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2 comentarios:
Es increíble como a veces actos simples y pequeños sirven tanto para calmar el alma. Por ejemplo, acá en Conce mi refugio es la Iglesia la Merced, la imagen del Sagrado Corazón.
En Chillán Schoenstatt es aquel lugar sin duda.
Un abrazote, amiga.
Qué te diré. A veces es muy bueno llorar como para limpiarse un poco por dentro. Los hombres también lloramos... aunque la sociedad nos diga que no tenemos que hacerlo tanto.
Ojalá estés mejor. Saludos.
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